Tuve que aprender a caer de pie; a buscar la luz en la oscuridad sin suerte. Tuve que correr sin mirar atrás; tuve que esquivar más de un huracán, muy fuerte. Tuve que morir para renacer. Tuve que perder, para entender que nada puede detener a la fuerza de mi corazón, ese pulso que sana. Fui detrás de lo que amé, intentándome un nombre en cada esquina. Pudo ser lo que no fue el verano aquel, de las risas perdidas que no volverán.

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