Aprendí
que nada dura para siempre. Que “nunca” es una palabra que nadie cumple.
Comprendí que querer a alguien, es sufrir; hasta que tu alma no pueda más, hasta
sentir que tu corazón está desgarrado por una desilusión. Querer, también es un
riesgo; pero nadie lo piensa antes de dar un paso. El amor es un juego
arriesgado, pero aún así tengo ganas de jugarlo y de querer por más de que se
sufre. Porque estoy segura que del sufrimiento, se saca siempre una enseñanza. Aprendí
que no sólo lloramos cuando estamos heridos; también se puede llorar de
felicidad. Que por cada caída, nos hacemos más fuertes. Que el amor verdadero,
sabe perdonar por más que cueste. Pero también comprendí que a las palabras se
las lleva el viento; que una mirada basta más que cualquier palabra; y que un
sentimiento por más fuerte que sea se desvanece.